Hoy volví a la casa en la que habito. Sentí que la casa me expulsaba.
Recorrí algún tramo de la pared. Sentí la extrañeza y
salvación de sentirme en el destierro.
Las casas a veces son seres que nos habitan. Se instalan
en la piel. Duermen al costado de la cama. Otras veces
lloran; o te miran llorar.
Las más temibles te engullen entre sueños. Te expulsan
incluso antes de habitarlas.
Una casa es más que su estructura. Allí residen legiones
de miradas: suicidas, entusiastas, absortas. Cada una es
una letra. Una letra que se hace palabra. Palabras que se
hacen roca.
Nos atraviesan y nosotras las atravesamos. Me pregunto,
entonces, si vivir en una casa no será como habitar un
verso. Ese que te engulle. Ese que te expulsa. Casi al
mismo tiempo.
